El yo poético contempla el mundo con una admiración que no se agota: cada rosa recién nacida, cada amanecer sonrojado, las estrellas y el mar le revelan un prodigio constante. Aunque lleva años mirando las noches diáfanas y las olas, no se acostumbra; al contrario, cada vez las encuentra más bellas y la naturaleza le resulta más sobrenatural, pura y santa. Le conmueve por igual la boca de la madre que reza y la del niño que canta.
Ese asombro alimenta un deseo intenso de inmortalidad: quiere seguir existiendo porque el panorama de la creación le parece maravilloso. Los luceros no son objetos lejanos, sino voces que lo llaman y le recuerdan que en todas partes se piensa, se lucha y se ama. El tono es sereno y luminoso, cercano a la gratitud, y crea un ambiente de contemplación extasiada en el que lo cotidiano se vuelve sagrado.