Una plaza con naranjos cargados de frutos brillantes se llena de pronto con el bullicio de unos niños que salen de la escuela. Sus voces frescas rompen la penumbra del lugar y traen una ráfaga de vida. El hablante observa esa escena con ternura, pero también con una punzada de melancolía: llama “ciudades muertas” a esos rincones antiguos, como si el pasado pesara en las piedras. La alegría infantil contrasta con lo viejo y lo callado, y a la vez despierta un recuerdo impreciso, “algo nuestro de ayer”, que parece seguir vagando por las calles. El poema crea así un ambiente agridulce: la luz de los naranjos y el griterío infantil iluminan por un instante un espacio en sombra, y el presente se mezcla con la memoria.
La plaza y los naranjos encendidos — Resumen
La plaza y los naranjos encendidos con sus frutas redondas y risueñas.
Tumulto de pequeños colegiales, que al salir en desorden de la escuela, llenan el aire de la plaza en sombra con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil en los rincones de las ciudades muertas!... ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía vemos vagar por estas calles viejas!