El hablante recorre un sendero al atardecer, entre colinas doradas, pinos verdes y encinas polvorientas, mientras canta y se pregunta adónde lo llevará el camino. De pronto confiesa que tuvo clavada en el corazón la espina de una pasión y que logró arrancarla; ahora dice que ya no siente el corazón. Ese vacío afectivo tiñe el paisaje: el campo queda mudo y sombrío, el viento suena en los álamos del río y la tarde se oscurece hasta que el camino que serpea se enturbia y desaparece.
Surge así una atmósfera melancólica de camino y crepúsculo. Al final, el cantar se vuelve lamento: el hablante desearía volver a sentir aquella espina dorada clavada, aunque doliera, porque el dolor de la pasión era preferible a la insensibilidad. Expresa, en el fondo, nostalgia de una herida amorosa que al menos lo hacía sentirse vivo.