El hablante se dirige a una mujer que ya no lo alegra y le ofrece un ramo extraño: sus flores negras, nacidas bajo las ruinas de sus pasiones. Esas flores no son vegetales, sino recuerdos, dolores, desdenes y reproches que han echado raíces en el alma. Por eso son tan oscuras: guardan las horas en que ella se dormía en sus brazos, pero también la amargura de unos ojos que nunca fueron suyos. En lugar de pedir olvido, el sufrimiento se convierte en una ofrenda melancólica, casi en un tesoro sombrío. El tono es íntimo y doliente, sin gritos: hay una tristeza honda, fría como las noches polares, y un gesto final de entrega resignada. El lector siente que el amor perdido no desaparece, sino que sigue vivo bajo tierra, como un jardín interior que florece en negro.
Flores negras — Resumen
Oye: bajo las ruinas de mis pasiones, y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvos de ensueños y de ilusiones yacen entumecidas mis flores negras.
Ellas son el recuerdo de aquellas horas en que presa en mis brazos te adormecías, mientras yo suspiraba por las auroras de tus ojos, auroras que no eran mías.
Ellas son mis dolores, capullos hechos; los intensos dolores que en mis entrañas sepultan sus raíces, cual los helechos en las húmedas grietas de las montañas.
Ellas son tus desdenes y tus reproches ocultos en esta alma que ya no alegras; son, por eso, tan negras como las noches de los gélidos polos, mis flores negras.
Guarda, pues, este triste, débil manojo, que te ofrezco de aquellas flores sombrías; guárdalo, nada temas, es un despojo del jardín de mis hondas melancolías.