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Rubén Darío
Es la tarde gris y triste.
Viste el mar de terciopelo
y el cielo profundo viste
de duelo.
Del abismo se levanta
la queja amarga y sonora.
La onda, cuando el viento canta,
llora.
Los violines de la bruma
saludan al sol que muere.
Salmodia la blanca espuma;
miserere.
La armonía el cielo inunda,
y la brisa va a llevar
la canción triste y profunda
del mar.
No sé lo que he soñado
En la noche pasada;
Triste, muy triste debió ser el sueño,
Pues despierto la angustia me duraba.
Noté, al incorporarme,
Húmeda la almohada,
Y por primera vez sentí, al notarlo,
De un amargo placer henchirse el alma.
Triste cosa es el sueño
Que llanto nos arranca;
Mas tengo en mi tristeza una alegría...
¡Sé que aún me quedan lágrimas!
¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí,
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Aquella noche de Setiembre, fuiste
tan buena para mí.... hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.
Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás.... y para eso,
yo no sé porqué fuí triste.... tan triste....!
Sólo esa noche de Setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios.... y te fuí dulce!
Y también fué una tarde de Setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de Diciembre.
Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.
Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.
Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.
Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.
Polvo de oro en tus manos fué mi melancolía;
Sobre tus manos largas desparramé mi vida;
Mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
Ahora soy un ánfora de perfumes vacía.
Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
Cuando, picada el alma de tristeza sombría,
Sabedora de engaños, me pasaba los días
Besando las dos manos que me ajaban la vida!