Poemas soñadores

Poemas soñadores — una selección de las mejores obras en Poemship.

SoñadorAntonio Machado

La plaza y los naranjos encendidos

La plaza y los naranjos encendidos con sus frutas redondas y risueñas. Tumulto de pequeños colegiales, que al salir en desorden de la escuela, llenan el aire de la plaza en sombra con la algazara de sus voces nuevas. ¡Alegría infantil en los rincones de las ciudades muertas!... ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía vemos vagar por estas calles viejas!
SoñadorAntonio Machado

Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una fontana fluía dentro de mi corazón. Di: ¿por qué acequia escondida, agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida en donde nunca bebí? Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel.
SoñadorRubén Darío

Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín. A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín, o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín. «¡Oh, reina rubia!—díjele,—mi alma quiere dejar su crisálida y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida, y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.» El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
SoñadorRubén Darío

Sonatina

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, Que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, Está mudo el teclado de su clave sonoro; Y en un vaso olvidada se desmaya una flor. El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. Parlanchína, la dueña dice cosas banales, Y vestido de rojo piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente; La princesa persigue por el cielo de Oriente La libélula vaga de una vaga ilusión. ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China, O en el que ha detenido su carroza argentina Para ver de sus ojos la dulzura de luz, O en el rey de las Islas de las rosas fragantes,
SoñadorRubén Darío

De invierno

En invernales horas, mirad a Carolina. Medio apelotonada, descansa en el sillón, envuelta con su abrigo de marta cibelina y no lejos del fuego que brilla en el salón. El fino angora blanco, junto a ella se reclina, rozando con su hocico la falda de Alençón, no lejos de las jarras de porcelana china que medio oculta un biombo de seda del Japón. Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño; entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; voy a besar su rostro, rosado y halagüeño como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño y en tanto cae la nieve del cielo de París.
SoñadorRubén Darío

Allá lejos

Buey que vi en mi niñez echando vaho un día Bajo el nicaragüense sol de encendidos oros En la hacienda fecunda, plena de la armonía Del trópico; paloma de los bosques sonoros. Del viento, de las hachas, de pájaros y toros Salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía. Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada Que llamaba a la ordeña de la vaca lechera. Cuando era mi existencia toda blanca y rosada, Y tú, paloma arrulladora y montañera, Significas en mi primavera pasada Todo lo que hay en la divina Primavera.
SoñadorRamón López Velarde

Mi prima Águeda

Mi madrina invitaba a mi prima Águeda a que pasara el día con nosotros, y mi prima llegaba con un contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso. Águeda aparecía, resonante de almidón, y sus ojos verdes y sus mejillas rubicundas me protegían contra el pavoroso luto... Yo era rapaz y conocía la o por lo redondo, y Águeda, que tejía mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba
SoñadorManuel Gutiérrez Nájera

Non omnis moriar

¡No moriré del todo, amiga mía! De mi ondulante espíritu disperso, algo en la urna diáfana del verso, piadosa guardará la poesía. ¡No moriré del todo! Cuando herido caiga a los golpes del dolor humano, ligera tú, del campo entenebrido levantarás al moribundo hermano. Tal vez para entonces por la boca inerme que muda aspira la infinita calma, oigas la voz de todo lo que duerme con los ojos abiertos de mi alma. Hondos recuerdos de fugaces días, ternezas tristes que suspiran solas; pálidas, enfermizas alegrías sollozando al compás de las violas...
SoñadorLope de Vega

Ir y quedarse, y con quedar partirse

Ir y quedarse, y con quedar partirse, partir sin alma, e ir con alma ajena, oír la dulce voz de una sirena y no poder del árbol desasirse; arder como la vela y consumirse, haciendo torres sobre tierna arena; caer de un cielo, y ser demonio en pena, y de serlo jamás arrepentirse; hablar entre las mudas soledades, pedir prestada sobre fe paciencia, y lo que es temporal llamar eterno; creer sospechas y negar verdades, es lo que llaman en el mundo ausencia, fuego en el alma, y en la vida infierno.
SoñadorLeopoldo Lugones

La blanca soledad

Bajo la calma del sueño, calma lunar de luminosa seda, la noche como si fuera el blanco cuerpo del silencio, dulcemente en la inmensidad se acuesta. Y desata su cabellera, en prodigioso follaje de alamedas. Nada vive sino el ojo del reloj en la torre tétrica, profundizando inútilmente el infinito como un agujero abierto en la arena. El infinito. Rodado por las ruedas de los relojes,
SoñadorLeopoldo Lugones

Delectación morosa

La tarde, con ligera pincelada que iluminó la paz de nuestro asilo, apuntó en su matiz crisoberilo una sutil decoración morada. Surgió enorme la luna en la enramada; las hojas agravaban su sigilo, y una araña en la punta de su hilo, tejía sobre el astro, hipnotizada. Poblóse de murciélagos el combo cielo, a manera de chinesco biombo; tus rodillas exangües sobre el plinto manifestaban la delicia inerte, y a nuestros pies un río de jacinto corría sin rumor hacia la muerte