En un tono íntimo y sereno, la voz que habla mira su vida desde la cercanía del final y, en vez de lamentarse, la bendice. Agradece no haber recibido esperanzas falsas, trabajos injustos ni penas inmerecidas: reconoce que fue el arquitecto de su propio destino. Si las cosas le dieron miel o hiel, fue porque él puso en ellas dulzura o amargura; al plantar rosales, cosechó rosas. Acepta que después de la juventud llegue el invierno y que no todas las noches hayan sido buenas, pero recuerda también algunas serenas. La atmósfera es de calma, gratitud y reconciliación, sin amargura ni reproche. Haber amado y sido amado, sentir el sol, le basta para declarar que está en paz: la vida no le debe nada.
En paz — Resumen
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas noches de mis penas; mas no me prometiste tú sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas.
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!