El hablante se dirige a una amada ausente con una mezcla de dolor y esperanza. El aire le habla de su vestido blanco y el viento le trae su nombre; la montaña devuelve el eco de sus pasos. Pero los sentidos ya no pueden alcanzarla: “No te verán mis ojos”, repite como un estribillo. Lo que queda es la espera del corazón. La escena se va oscureciendo: suenan campanas en torres sombrías, los golpes del martillo anuncian una caja negra y los de la azada señalan la fosa. El poema sugiere, así, una separación definitiva, probablemente la muerte de la amada. Sin embargo, no hay desesperación: la repetición serena convierte el duelo en vigilia íntima. El amor sigue esperando más allá de lo que los ojos pueden ver, y ese contraste entre la ausencia física y la presencia anhelada crea un tono triste, pero contenido y profundamente fiel.
Amada, el aura dice — Resumen
Amada, el aura dice tu pura veste blanca... No te verán mis ojos; ¡mi corazón te aguarda! El viento me ha traído tu nombre en la mañana; el eco de tus pasos repite la montaña... No te verán mis ojos; ¡mi corazón te aguarda! En las sombrías torres repican las campanas... No te verán mis ojos; ¡mi corazón te aguarda! Los golpes del martillo dicen la negra caja; y el sitio de la fosa, los golpes de la azada... No te verán mis ojos; ¡mi corazón te aguarda!