En «Anoche cuando dormía», la voz poética relata un sueño repetido que transforma el espacio interior: una fontana, una colmena, un sol ardiente y, por fin, Dios nacen o habitan dentro del corazón. No se trata de un simple sueño agradable, sino de una revelación íntima; la insistencia en el «¡bendita ilusión!» sitúa la experiencia entre la gratitud y el asombro. El poema afirma que en lo hondo de uno mismo puede brotar una vida nueva, dulcificarse el dolor y encenderse una luz que, al final, se reconoce como divina.
La construcción refuerza ese sentido de repetición y encantamiento. Cada estrofa se abre con los mismos dos versos octosílabos: «Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!». Esa anáfora actúa como un estribillo, devuelve al lector al umbral del sueño y otorga al conjunto un ritmo de canción o de letanía. La rima consonante cruzada —dormía/fluía, ilusión/corazón— y los versos de arte menor mantienen un tono sencillo, casi de copla, pero dentro de esa sencillez late una progresión simbólica cuidadosa.
Las imágenes no se amontonan; ascienden como grados de una misma revelación. La fontana inicial trae consigo preguntas de agua: «Di: ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, / manantial de nueva vida / en donde nunca bebí?». El agua es aquí un origen desconocido que, sin embargo, alimenta desde dentro. En la segunda visión, la colmena convierte las «amarguras viejas» en «blanca cera y dulce miel»; el trabajo minucioso de las abejas doradas transforma el sufrimiento en materia luminosa y gustosa. Esa es quizá la imagen más poderosa del texto: no se niega el pasado amargo, sino que se elabora, se refina, se vuelve dulzura.
La tercera visión, el sol ardiente, combina calor y luz: «Era ardiente porque daba / calores de rojo hogar, / y era sol porque alumbraba / y porque hacía llorar». El sol no es solo energía; también conmueve, deslumbra y purifica con lágrimas. De ese modo, las tres fuerzas elementales —agua, miel, fuego— preparan la revelación final: «que era Dios lo que tenía / dentro de mi corazón». No hace falta nombrar una doctrina; la divinidad aparece como culminación de lo natural, como si todas las imágenes anteriores fueran nombres parciales de una misma presencia.
Esa ambigüedad de la palabra «ilusión» es esencial. Puede aludir a una fantasía nocturna o a una esperanza anhelada; el hablante la llama «bendita» antes de saber qué contiene. El poema sugiere así que el sueño no es evasión, sino una vía de conocimiento: lo que se sueña revela una verdad del corazón. La voz se dirige al agua con un «Di», pregunta a la experiencia y no se conforma con contemplarla; hay un diálogo íntimo que da hondura a la escena.
La importancia de estos versos reside en su capacidad de decir lo inefable con palabras elementales. La voz de Antonio Machado no necesita una complicada mitología: le bastan la fuente, las abejas, el sol y el nombre de Dios para trazar un camino desde la oscuridad del sueño hasta la luz interior. El poema invita a leer el propio mundo afectivo como un lugar de transformación, donde el dolor puede volverse miel y el calor puede encender, más que destruir. Por eso conserva una cercanía inmediata: habla del corazón como un territorio sagrado que solo el sueño, o la poesía, alcanza a revelar.