Anoche, en sueños, el hablante siente que algo vivo brota dentro de su pecho: primero una fontana, luego una colmena, después un sol ardiente y, al final, Dios. La repetición de “¡bendita ilusión!” marca un asombro agradecido, como si cada imagen fuera un regalo inesperado. No es un sueño angustioso, sino una revelación íntima: el corazón deja de ser un lugar seco y se convierte en manantial, en trabajo dulce, en luz que calienta y conmueve. Las abejas transforman las amarguras viejas en cera blanca y miel, de modo que el dolor pasado puede volverse dulzura. El sol ilumina, pero también hace llorar, y esa mezcla de calor y lágrimas da una gravedad serena. La atmósfera es de recogimiento casi religioso: la felicidad no llega de fuera, sino que despierta dentro, como agua, miel y luz.
Anoche cuando dormía — Resumen
Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una fontana fluía dentro de mi corazón. Di: ¿por qué acequia escondida, agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida en donde nunca bebí? Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel. Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que un sol ardiente lucía dentro de mi corazón. Era ardiente porque daba calores de rojo hogar, y era sol porque alumbraba y porque hacía llorar. Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que era Dios lo que tenía dentro de mi corazón.