Caminos — Resumen

De la ciudad moruna tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa, a solas con mi sombra y con mi pena. El río va corriendo, entre sombrías huertas y grises olivares, por los alegres campos de Baeza. Tienen las vides pámpanos dorados sobre las rojas cepas. Guadalquivir, como un alfanje roto y disperso, reluce y espejea. Lejos, los montes duermen envueltos en la niebla, niebla de otoño, maternal; descansan las rudas moles de su ser de piedra en esta tibia tarde de noviembre, tarde piadosa, cárdena y violeta. El viento ha sacudido los mustios olmos de la carretera, levantando en rosados torbellinos el polvo de la tierra. La luna está subiendo amoratada, jadeante y llena. Los caminitos blancos se cruzan y se alejan, buscando los dispersos caseríos del valle y de la sierra. Caminos de los campos... ¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

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Desde las murallas viejas de una ciudad moruna, el hablante contempla la tarde silenciosa acompañado solo por su sombra y su pena. La mirada recorre el río, las huertas, los olivares y las viñas doradas, mientras el Guadalquivir brilla como un alfanje roto. Todo el paisaje de Baeza aparece envuelto en una niebla maternal y en tonos cárdenos y violetas: una tarde de noviembre tibia y piadosa. El viento, la luna amoratada y los caminitos blancos completan una escena serena, pero cargada de melancolía. El hablante observa esos caminos que se cruzan y se alejan hacia caseríos dispersos y, al final, se le escapa un lamento: ya no puede caminar con ella. Esa revelación convierte el paisaje en un espejo de la ausencia y hace de la belleza otoñal una compañía del dolor.

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