El reloj da las doce y su sonido se confunde con doce golpes de azada sobre la tierra: un aviso de muerte que estremece al hablante. «¡Mi hora!», grita, convencido de que ha llegado su final. El silencio le responde con una calma casi materna: no temas, no verás caer la última gota que tiembla en la clepsidra. Aún dormirás muchas horas junto a la orilla vieja y, una mañana pura, encontrarás tu barca amarrada a otra ribera. El hablante pasa así del miedo a la confianza. La muerte no se presenta como violencia, sino como un sueño prolongado y un cruce sereno. La atmósfera es nocturna, íntima y consoladora: el tiempo se detiene y el destino amanece en otra orilla.
Daba el reloj las doce... y eran doce — Resumen
Daba el reloj las doce... y eran doce golpes de azada en tierra... — ¡Mi hora! ...—grité. El silencio me respondió: —No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla. Dormirás muchas horas todavía sobre la orilla vieja, y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera.