En unos pocos versos se condensa una experiencia entre el sueño y la vigilia. Alguien llama al hablante desde el umbral de un sueño, y esa voz no es desconocida: es “la buena voz, la voz querida”, la que propone un viaje hacia lo más hondo, “a ver el alma”. La respuesta es inmediata y confiada: “Contigo siempre”. Desde ahí, el poema avanza por una galería larga y desnuda, un espacio simbólico que parece interior, acompañado por la presencia cercana de una veste pura y una mano amiga. Predominan sensaciones suaves —el roce, la caricia, el palpitar— y una atmósfera de intimidad serena, casi religiosa. No hay miedo ni sobresalto; hay entrega y compañía. El lector queda con la impresión de un encuentro espiritual, suspendido en el tiempo del sueño, donde lo querido se muestra sin estorbos y el alma puede ser visitada.
Desde el umbral de un sueño me llamaron — Resumen
Desde el umbral de un sueño me llamaron... Era la buena voz, la voz querida. -Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?.... Llegó a mi corazón una caricia. -Contigo siempre....Y avancé en mi sueño por una larga, escueta galería, sintiendo el roce de la veste pura y el palpitar suave de la mano amiga.