Antonio Machado convierte un paseo por un parque abandonado en un diálogo con el tiempo. En este poema de su ciclo de Soledades, una voz entra al atardecer por una verja mohosa, oye una fuente y descubre que aquella agua no guarda leyendas de alegría, sino «historias viejas de melancolía». La escena es mínima: el yo llega, conversa con la fuente y se marcha; lo esencial ocurre dentro, en la memoria y en el sentimiento del tiempo.
El poema habla de un recuerdo que no llega a formularse. La fuente pregunta: «¿Te recuerda, hermano, / un sueño lejano mi canto presente?». El hablante responde: «No recuerdo, hermana; / mas sé que tu copla presente es lejana». Esa paradoja —saber que algo es lejano sin poder recordarlo— es el centro de la composición. No hay anécdota precisa que rescatar, sino una sensación antigua que se impone. La insistencia de la fuente resulta reveladora: los mismos mirtos, el mismo fruto maduro, la misma tarde lenta del verano. Nada ha cambiado; lo que regresa no es la felicidad, sino la pena.
La construcción refuerza esa idea de tiempo circular. El poema se abre y se cierra con la misma puerta de hierro mohoso; varía un solo verbo: al comienzo «golpeó el silencio de la tarde muerta» y al final «sonó en el silencio de la tarde muerta». La repetición casi exacta encierra el diálogo como un paréntesis y sugiere que salir del parque no libera del tiempo repetido. La forma, de versos fluctuantes y rima asonante, avanza con cadencia de letanía: unas líneas largas se recortan en otras breves, y las palabras rimadas vuelven como el agua de la fuente. «Lento», «monotonía», «lejana», «mohoso», «polvorienta» forman una red semántica de desgaste y duración.
El lenguaje sensorial da cuerpo a esa atmósfera. La tarde es «clara, triste y soñolienta», una combinación que une luz y fatiga. La hiedra asoma «negra y polvorienta»; el hierro rechina con «agrio ruido»; el parque está «solitario». Frente a ese escenario gastado, el agua se presenta a la vez como música y como espejo: es «sonora», «copla borbollante», «cristal», «linfa serena», «espejos cantores». La fuente canta, pero su canto no varía: «vertía / sobre el blanco mármol su monotonía». Ese contraste entre lo vivo del agua y lo invariable de su sonido es esencial: la fuente acompaña, pero no consuela.
El diálogo entre «hermano» y «hermana» convierte a la fuente en una confidente fraternal, no en un objeto decorativo. Cuando el hablante le pide «cuéntame mi alegre leyenda olvidada», la fuente responde que no sabe «leyendas de antigua alegría, / sino historias viejas de melancolía». El pasado feliz se ha borrado; lo que queda es la huella del dolor. La imagen final de esa revelación es íntima y corporal: «tus labios besaron mi linfa serena, / y en la clara tarde, dijeron tu pena. / Dijeron tu pena tus labios que ardían: / la sed que ahora tienen, entonces tenían». La sed no ha cambiado; el deseo y la pena son idénticos en dos tiempos lejanos. Por eso el yo se despide para siempre: la monotonía de la fuente, que repite el dolor sin resolverlo, le resulta «más amarga que la pena mía».
La importancia de esta composición reside en su manera de transformar un paisaje en símbolo de la vida interior. No es una descripción de un jardín, sino una meditación sobre la memoria, la identidad y el paso del tiempo: el yo se reconoce no en lo que recuerda, sino en lo que siente como ya sufrido. La fuente, como el tiempo, conserva la melancolía y no la alegría. Esa mirada, honda y contenida, caracteriza la poética temprana de Machado y sigue interpelando por su sobriedad emocional.