Un caminante avanza al atardecer, absorto en el crepúsculo campesino, y el paisaje estival se le ofrece como un espectáculo radiante: el sol de estío, «una trompeta gigante» entre nubes de fuego; los álamos verdes; la cigarra con su «monorritmo jovial»; la noria soñolienta; el agua clara bajo los arcos de piedra. Sin embargo, esa hermosura luminosa no basta para disipar una «vieja angustia». El poema se mueve exactamente en esa tensión: la tarde cura la melancolía y, a la vez, la despierta, porque bajo la luz el río va diciendo su secreto: «no somos nada».
La construcción rítmica acompaña ese vaivén entre contemplación y desasosiego. Los versos, de medida desigual y rima asonante, no forman estrofas cerradas, y avanzan con una cadencia suave, como si imitaran el paso lento del caminante o el rumor continuo del agua. Se repiten expresiones como «la noria soñolienta», «bajo los arcos del puente» o «tarde polvorienta», que remansan la lectura y crean una sensación de letanía. El paisaje se oye más que se describe: la cigarra es una «sempiterna tijera» entre metal y madera; el agua «caer se oía»; el aire vibra asordado por los élitros cantores. Lo luminoso y lo sonoro se funden, y hasta los campos parecen «sembrados de campanitas de oro».
Esa armonía exterior no impide que el yo poético se detenga a meditar. La tarde es llamada «nota de la lira inmensa / toda desdén y armonía», capaz de curar «la pobre melancolía / de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa». Aquí aparece el pensamiento como un rincón oscuro: la conciencia no descansa, ni siquiera ante la belleza. El agua, al pasar bajo los ojos del puente, adquiere voz y dice que apenas se desata la barca de la ribera, se comprende que «no somos nada» y que, donde acaba el pobre río, «la inmensa mar nos espera». El río se convierte así en una imagen del tiempo y de la vida; el mar, en el final que aguarda. No hay dramatismo, sino una melancolía serena, casi musical.
El momento de mayor intensidad llega con la pregunta: «¿Qué es esta gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?». La gota es lo pequeño, lo pasajero, el yo; sin embargo, grita su identidad con el todo. Esa paradoja queda sin respuesta y devuelve al poema su misterio. Después, el paisaje reaparece: un lucero diamantino fulgura en el azul, el viento cálido alborota el camino y el caminante regresa a la ciudad. La noria y el agua se repiten al final, cerrando el recorrido con la misma música del comienzo, como si todo quedara suspendido en una tarde de julio, luminosa y polvorienta.
Lo significativo de este poema es la manera en que convierte un paseo crepuscular en una meditación sobre la identidad, el tiempo y la muerte. Antonio Machado logra que el paisaje no sea un decorado, sino un estado del alma: el río, la cigarra, la noria y la barca dicen lo que el yo apenas se atreve a pensar. Y lo hacen con una sencillez honda, sin grandilocuencia, dejando que el agua siga corriendo bajo los arcos del puente.