Hacia un ocaso radiante — Análisis del poema

Antonio MachadoContemplative

Hacia un ocaso radiante caminaba el sol de estío, y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante, tras de los álamos verdes de las márgenes del río. Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, entre metal y madera, que es la canción estival. En una huerta sombría, giraban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía. Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta. Yo iba haciendo mi camino, absorto en el solitario crepúsculo campesino. Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!” Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente. Lejos la ciudad dormía, como cubierta de un mago fanal de oro trasparente. Bajo los arcos de piedra el agua clara corría. Los últimos arreboles coronaban las colinas manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas. Yo caminaba cansado, sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado. El agua en sombra pasaba tan melancólicamente, bajo los arcos del puente, como si al pasar dijera: ”Apenas desamarrada la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, se canta: no somos nada. Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.” Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. (Yo pensaba: ¡el alma mía!) Y me detuve un momento, en la tarde, a meditar... ¿Qué es esta gota en el viento que grita al mar: soy el mar? Vibraba el aire asordado por los élitros cantores que hacen el campo sonoro, cual si estuviera sembrado de campanitas de oro. En el azul fulguraba un lucero diamantino. Cálido viento soplaba alborotando el camino. Yo, en la tarde polvorienta, hacia la ciudad volvía. Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

Show the whole poemHide the poem

Aplicación Learn Poems

Prueba la app Learn Poems

Todo lo del entrenador web y más: nuevos ejercicios, grabación de voz y opción de compartir, recordatorios, repaso rápido.

Un caminante avanza al atardecer, absorto en el crepúsculo campesino, y el paisaje estival se le ofrece como un espectáculo radiante: el sol de estío, «una trompeta gigante» entre nubes de fuego; los álamos verdes; la cigarra con su «monorritmo jovial»; la noria soñolienta; el agua clara bajo los arcos de piedra. Sin embargo, esa hermosura luminosa no basta para disipar una «vieja angustia». El poema se mueve exactamente en esa tensión: la tarde cura la melancolía y, a la vez, la despierta, porque bajo la luz el río va diciendo su secreto: «no somos nada».

La construcción rítmica acompaña ese vaivén entre contemplación y desasosiego. Los versos, de medida desigual y rima asonante, no forman estrofas cerradas, y avanzan con una cadencia suave, como si imitaran el paso lento del caminante o el rumor continuo del agua. Se repiten expresiones como «la noria soñolienta», «bajo los arcos del puente» o «tarde polvorienta», que remansan la lectura y crean una sensación de letanía. El paisaje se oye más que se describe: la cigarra es una «sempiterna tijera» entre metal y madera; el agua «caer se oía»; el aire vibra asordado por los élitros cantores. Lo luminoso y lo sonoro se funden, y hasta los campos parecen «sembrados de campanitas de oro».

Esa armonía exterior no impide que el yo poético se detenga a meditar. La tarde es llamada «nota de la lira inmensa / toda desdén y armonía», capaz de curar «la pobre melancolía / de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa». Aquí aparece el pensamiento como un rincón oscuro: la conciencia no descansa, ni siquiera ante la belleza. El agua, al pasar bajo los ojos del puente, adquiere voz y dice que apenas se desata la barca de la ribera, se comprende que «no somos nada» y que, donde acaba el pobre río, «la inmensa mar nos espera». El río se convierte así en una imagen del tiempo y de la vida; el mar, en el final que aguarda. No hay dramatismo, sino una melancolía serena, casi musical.

El momento de mayor intensidad llega con la pregunta: «¿Qué es esta gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?». La gota es lo pequeño, lo pasajero, el yo; sin embargo, grita su identidad con el todo. Esa paradoja queda sin respuesta y devuelve al poema su misterio. Después, el paisaje reaparece: un lucero diamantino fulgura en el azul, el viento cálido alborota el camino y el caminante regresa a la ciudad. La noria y el agua se repiten al final, cerrando el recorrido con la misma música del comienzo, como si todo quedara suspendido en una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Lo significativo de este poema es la manera en que convierte un paseo crepuscular en una meditación sobre la identidad, el tiempo y la muerte. Antonio Machado logra que el paisaje no sea un decorado, sino un estado del alma: el río, la cigarra, la noria y la barca dicen lo que el yo apenas se atreve a pensar. Y lo hacen con una sencillez honda, sin grandilocuencia, dejando que el agua siga corriendo bajo los arcos del puente.

Read also

More by Antonio Machado

All poems
AnxiousAntonio Machado

Y era el demonio de mi sueño

Y era el demonio de mi sueño, el ángel más hermoso. Brillaban como aceros los ojos victoriosos, y las sangrientas llamas
ContemplativeAntonio Machado

Las moscas

Vosotras, las familiares, inevitables golosas; vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas las cosas.
DreamyAntonio Machado

La plaza y los naranjos encendidos

La plaza y los naranjos encendidos con sus frutas redondas y risueñas. Tumulto de pequeños colegiales, que al salir en desorden de la escuela,