Un joven pobre, sucio y solitario aparece muerto en un arroyo un día de invierno. Lo encuentran unos cazadores; entre sus papeles no hay nada que lo identifique. Los jueces preguntan, pero el guardia nocturno no sabe nada, ni el vecino Pérez ni el vecino Pinto. Una chica opina que sería un loco o un vagabundo que comía poco, y otro curioso se ríe de la escena. Al final, el sepulturero lo cubre con tierra, enciende un cigarro y se marcha. Nadie lo llora, nadie pregunta más por él.
El hablante cuenta los hechos con una aparente calma que esconde compasión y amargura: la muerte del muchacho no conmueve a nadie. El título «Nada» resume ese vacío: no hay identidad, no hay duelo, no hay palabras. El ambiente es frío e indiferente, como si un hombre pudiera desaparecer sin dejar rastro. La repetición final, «nadie dijo nada», convierte el silencio del pueblo en el verdadero final de una vida anónima.