Un enfermo pasa la tarde solo en una sala de hospital. Afuera cae una lluvia fina, grácil y cansada; adentro, esa agua se mezcla con la angustia. La voz que habla intenta dormir para espantar la tristeza, pero el sonido de la lluvia, como un lloriqueo junto a la cama, lo despierta sobresaltado. No hay diálogo ni movimiento: solo la habitación amplia, el cuerpo enfermo, el agua que no cesa y un pensamiento que se queda girando.
La escena transmite una soledad melancólica y un malestar callado. La repetición de “llueve” imita el ritmo monótono del agua y de la mente. La naturaleza no consuela; más bien parece llorar con el enfermo. Al final, el verbo “pienso” queda abierto, como si la conciencia, igual que la tarde, no encontrara descanso.