Un jinete avanza de noche por el llano, sobre una jaca negra, bajo una luna primero grande y luego roja. Lleva aceitunas en la alforja y conoce los caminos, pero siente que nunca llegará a Córdoba. La ciudad se repite al comienzo y al final como un lugar lejano y solitario, casi un sueño o un destino imposible.
Se respira una atmósfera de presagio y fatalidad. La luna roja, el viento y la negrura del caballo intensifican la sensación de peligro. El jinete no teme perderse, sino algo más hondo: la muerte lo está mirando desde las torres de Córdoba y lo espera antes de que alcance la ciudad. Sus exclamaciones transmiten angustia y, a la vez, una extraña aceptación. El camino se vuelve símbolo de una vida que se dirige hacia un final inevitable.