Un río verdoso y frío recibe la ceniza de unas estrellas apagadas: el cielo parece caerse sobre el agua. La fuente ha perdido sus trenzas, esos hilos que antes la adornaban, y los nidos escondidos ya se han quemado. Solo las ranas siguen ahí, pero su canto no trae consuelo; convierten el cauce en una flauta de cañas encantada y desafinada.
La voz no grita su dolor, lo muestra a través de lo que falta y de lo que suena mal. Queda una sensación de pérdida, de naturaleza herida y silenciada, como un paisaje después del fuego o de una ausencia. El ambiente es nocturno, frío y casi espectral. La ceniza, el agua verdosa y la música rota crean una tristeza contenida, más sugerida que explicada: un mundo pequeño en el que hasta el canto de las ranas está desafinado.