Tres estampas brevísimas bastan para transformar la naturaleza en un estado de ánimo. Federico García Lorca, poeta español, compone en «Paisaje» una escena sin presencia humana, pero cargada de pérdida: las estrellas ya no iluminan, el agua no corre, los nidos están quemados y el único canto, el de las ranas, suena desafinado. No se trata de una descripción realista; es un paisaje interior en el que cada elemento natural se convierte en símbolo.
Desde el primer terceto, la imagen es de extinción. «Las estrellas apagadas / llenan de ceniza el río / verdoso y frío». El cielo muerto cae al agua y la vuelve residuo. La ceniza, lo único que queda tras el fuego, se mezcla con el frío y el tono verdoso; no hay llamas, sino restos. Ese contraste entre lo que las estrellas fueron —luz y calor— y lo que ahora dejan —ceniza— resume el clima del poema: el mundo ha perdido su brillo y su temperatura vital. La aliteración de s y z en «estrellas», «ceniza» y «verdoso» acompaña como un roce seco esa caída de polvo sobre el agua.
La segunda estrofa añade una ausencia insólita: «La fuente no tiene trenzas». La imagen une el chorro del agua con el cabello trenzado; si la fuente carece de trenzas, el agua ha dejado de moverse, de caer, de vivir. Esa sequedad se vuelve destrucción en los versos siguientes: «Ya se han quemado los nidos / escondidos». Incluso lo oculto, lo que parecía refugiado, ha sido alcanzado por el fuego. El adverbio «ya» presenta la catástrofe como cosa consumada; el paisaje no está ardiendo, sino que muestra las huellas de una quemadura anterior.
La tercera estrofa ofrece la única música que queda. Las ranas hacen del cauce «una siringa encantada, / desafinada». La siringa es una flauta de cañas ligada al mito de Pan; por eso hay en ella un resto de magia. Sin embargo, el encantamiento está roto: la flauta suena, pero no afina. El adjetivo final, «desafinada», es la clave del texto, porque conecta el paisaje con la música y sugiere que el canto del mundo ha perdido su armonía. Las ranas no forman un coro idílico; son una voz agria dentro de una naturaleza quemada.
Formalmente, «Paisaje» se construye con tres tercetos. Los dos primeros versos de cada estrofa son octosílabos y el tercero se acorta, como una coda que deja resonando una palabra esencial: «frío», «escondidos», «desafinada». La rima entre el segundo y el tercer verso («río/frío», «nidos/escondidos», «encantada/desafinada») sostiene una musicalidad sencilla, cercana a la canción popular, que contrasta con la dureza de las imágenes. Ese choque entre una forma breve y cantable y un contenido de ceniza y disonancia es parte de la fuerza del poema: suena a canción, pero a canción rota.
En nueve versos, Lorca logra que un paisaje sin figuras humanas hable de una ausencia humana. La fuente sin trenzas, los nidos quemados y la flauta desafinada no explican la pérdida; la sugieren con una precisión extraña. El texto interesa porque transforma lo natural en símbolo y porque su final no consuela: después del fuego quedan agua fría, restos ocultos y una música que no logra afinarse. Esa desolación sin estridencias es lo que da al poema su intensidad y su rara belleza.