En «Romance de la luna, luna» la luna llega a una fragua como una figura femenina, sensual y ajena, con su polisón de nardos y sus senos de duro estaño. Un niño la mira fascinado. Entre los dos se entabla un diálogo cargado de presagio: el niño le advierte que huya porque vienen los gitanos; la luna le pide que la deje bailar y anuncia que lo hallarán sobre el yunque con los ojos cerrados. La amenaza se cumple: los gitanos avanzan por el olivar, la zumaya canta en el árbol y la luna se marcha llevando al niño de la mano, mientras en la fragua lloran los suyos. La voz narrativa mantiene una distancia compasiva; se siente más asombro doloroso que horror, como si la muerte del niño fuera un rapto inevitable. El poema crea una atmósfera de nana y tragedia, donde la infancia, la muerte y lo gitano se funden con una ternura extraña y serena.
Romance de la luna, luna — Resumen
La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira, mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón collares y anillos blancos. Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados. Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya, ¡ay, cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. El aire la está velando.