En la fragua encendida del romance, la luna no aparece como un astro lejano sino como una figura femenina que entra con su polisón de nardos y se pone a bailar. Un niño la mira fijamente, casi hipnotizado; de pronto le advierte que huya, porque si llegan los gitanos harían con su corazón collares y anillos blancos. La luna responde con otra amenaza: cuando ellos vengan, encontrarán al niño sobre el yunque con los ojillos cerrados. Ese cruce de advertencias organiza el poema: el niño quiere salvar a la luna, pero la luna anuncia la muerte del niño. Lo que parece una canción de cuna se convierte en un presagio, y la fragua queda como escenario de un rito nocturno entre la infancia y la muerte.
Formalmente, el texto sigue el molde del romance tradicional: versos octosílabos y rima asonante en los versos pares, aquí con la vocal a-o que recorre nardos, mirando, brazos, estaño, gitanos, blancos, cerrados. Esa rima no busca variedad; insiste, como un murmullo o un tambor, y da al conjunto un aire de nana antigua. Las repeticiones refuerzan ese tono: «El niño la mira, mira. El niño la está mirando», «Huye luna, luna, luna», «El aire la vela, vela». Los paralelismos y las reiteraciones crean un ritmo hipnótico, como si el poema estuviera meciendo al niño hacia la muerte. El diálogo entre la luna y el niño, en estilo directo, da teatralidad y tensión; no hay narrador que explique, solo voces que se cruzan en la noche.
Las imágenes blancas y frías dominan la escena. La luna viste polisón de nardos, flor de blancura perfumada y fúnebre; muestra unos senos de duro estaño, metálicos, brillantes y sin calor. Esa mezcla de lo sensual y lo metálico aparece en la expresión «lúbrica y pura»: la luna atrae como un deseo imposible y al mismo tiempo resulta estéril, distante, mortal. La luna le pide al niño que no pise su blancor almidonado, imagen que une la rigidez del almidón con la pureza ritual; es una bailarina, pero también una figura espectral. Frente a su blancura lunar, los gitanos llegan desde el olivar como «bronce y sueño»: son cuerpos oscuros, con los ojos entornados, entre la realidad y la ensoñación. El jinete toca el tambor del llano, y la zumaya canta en el árbol como un mal augurio. Todo confluye para que la fragua, lugar de fuego y hierro, se enfríe con la visita de la luna.
El desenlace es elíptico y más inquietante por eso. La luna se va por el cielo «con un niño de la mano», mientras dentro de la fragua lloran los gitanos. El niño no muere en primer plano; ya antes aparecía con los ojos cerrados, como dormido o velado. La repetición final, «El aire la vela, vela», convierte el aire en un velatorio: todo el paisaje queda cuidando a la luna o al vacío que deja. La ambigüedad del pronombre «la» deja flotando la pregunta de a quién se vela, si a la luna, al niño o a la propia escena. Esa indeterminación es parte del hechizo: la muerte no se narra, se sugiere como una desaparición en la noche.
La importancia del poema está en esa fusión entre la tradición popular del romance y una sensibilidad moderna que convierte lo popular en mito. Federico García Lorca no describe el mundo gitano de manera costumbrista; lo estiliza, lo intensifica y lo carga de símbolos. La luna, el niño, los gitanos y la fragua no son simples estampas andaluzas, sino figuras de una tragedia atávica: la infancia frágil, la belleza seductora, la comunidad que llega tarde, la muerte que se lleva al niño. Todo queda dicho con una musicalidad que imita el arrullo, pero bajo la canción late una amenaza. Por eso este romance sigue resonando: su lirismo no es decorativo; es la forma misma de un destino.