El hablante contempla a una joven y describe su belleza con imágenes naturales: el rostro mezcla rosa y azucena, la mirada enciende y serena, el cabello dorado se mueve libre sobre el cuello blanco. Ese retrato no es solo admirativo; sostiene un consejo: aprovechar la juventud, “coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto”, antes de que el tiempo enfríe y destruya.
La vejez llega inevitable, como el viento helado que marchita la rosa o la nieve que cubre una cumbre. El hablante siente deseo y admiración, pero también una melancolía contenida: sabe que la hermosura es frágil y pasajera. El poema crea una atmósfera a la vez luminosa y elegíaca, donde el placer de mirar convive con la conciencia de la pérdida.