El intruso
Amor, la noche estaba trágica y sollozante cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura; luego, la puerta abierta sobre la sombra helante, tu sombra fue una mancha de luz y de blancura.
Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante; bebieron en mi copa tus labios de frescura, y descansó en mi almohada tu cabeza fragante; me encantó tu descaro y adoré tu locura.
Y hoy río si tu ríes, y canto si tú cantas; y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas. Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;
y tiemblo si tu mano toca la cerradura, ¡y bendigo la noche sollozante y oscura que floreció en mi vida tu boca tempranera!