La poeta uruguaya Delmira Agustini convierte la llegada del amor en una escena íntima de cerraduras, sombras y cuerpos. El poema arranca con una noche «trágica y sollozante», pero ese clima se quiebra cuando una «llave de oro» canta en la cerradura. Quien entra es un intruso, aunque no un extraño: la puerta abierta sobre la «sombra helante» deja ver una «mancha de luz y de blancura». Ese contraste instala la idea central: el amor irrumpe desde fuera, altera el espacio doméstico y transforma la oscuridad en una revelación que la hablante no rechaza, sino que termina bendiciendo.
Formalmente, es un soneto de versos alejandrinos, con rima consonante que alterna en los cuartetos y se recoge en los tercetos. Esa amplitud rítmica da al poema un tono de ceremonia o de letanía amorosa. Los dos primeros cuartetos narran en pasado la entrada del amado; los tercetos saltan al presente y muestran las consecuencias. El paso del «cantó» al «río», «canto», «llevo» y «tiemblo» no es un simple cambio verbal: la experiencia deja de ser recuerdo y se vuelve estado permanente. Además, la repetición de la conjunción «y» en los versos finales encadena los gestos de la hablante como si cada acción brotara de la anterior, hasta llegar a la bendición de la noche.
Las imágenes se mueven entre lo doméstico y lo sensorial. La cerradura, la copa, la almohada y las plantas no son objetos decorativos: marcan el territorio donde el amor se hace cuerpo. El amado bebe en la copa de la hablante, descansa la cabeza en su almohada, y su mano toca la cerradura. El cuerpo aparece fragmentado en ojos de diamante, labios de frescura, cabeza fragante y boca tempranera. Esa fragmentación refuerza la fuerza de la intrusión: el amado invade los objetos y los sentidos. A la vez, los contrastes —la noche oscura y la llave de oro, la sombra helante y la blancura, el frío y la primavera— crean una atmósfera de claroscuro donde el deseo es tan inquietante como luminoso.
El adjetivo «intruso» del título parece negativo, pero la hablante lo invierte: el amor que entra sin permiso es recibido con «descaro» y «locura». El verbo «cantó» aplicado a la llave convierte un acto mecánico en música; la cerradura deja de ser un límite y se vuelve umbral. La imagen más poderosa quizá sea la de dormir «como un perro a tus plantas»: expresa una entrega absoluta, casi animal, que no se presenta como humillación sino como pertenencia gozosa. A ello se suman el «olor de primavera» que la hablante lleva hasta en su sombra y la boca que «floreció» en su vida. El adjetivo «tempranera» introduce, además, un matiz de amanecer: la visita nocturna desemboca en una flor temprana, en un comienzo.
La fuerza del poema está en esa ambivalencia: es una celebración de la entrega, pero no disimula su intensidad perturbadora. La voz que habla no es un objeto pasivo del deseo; es ella quien abre, contempla, adora, ríe, canta y, finalmente, bendice. El intruso no despoja a la hablante de su voz, sino que la despierta. Agustini logra que la experiencia erótica sea al mismo tiempo cotidiana y visionaria: una puerta que se abre de noche puede contener una iluminación. En lugar de lamentar la oscuridad, el poema la consagra: la noche «sollozante y oscura» es bendecida porque en ella floreció una boca tempranera.