El hablante se dirige a una mujer a la que conoce íntimamente: dice que lee en el fondo de sus pupilas como en un libro abierto. Por eso le pregunta por qué fingir una risa que los ojos desmienten. La invita a llorar sin vergüenza y a confesar que lo quiso un poco. El tono es íntimo y compasivo, incluso cómplice: «Nadie nos mira», le asegura, y confiesa que él también llora. La repetición del imperativo «llora» refuerza ese ruego suave y urgente. No hay reproche, sino una tristeza serena y un deseo de sinceridad. La escena crea una atmósfera de cercanía dolorida en la que el orgullo y las apariencias dejan paso a la emoción compartida. La mirada se convierte en el lugar de la verdad, mientras los labios representan la máscara social. Al final, el llanto compartido iguala a los dos en su vulnerabilidad.
Rima XLIV — Resumen
Como en un libro abierto Leo de tus pupilas en el fondo; ¿A qué fingir el labio Risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences De confesar que me quisiste un poco. ¡Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!