Rima XXV — Análisis del poema

Cuando en la noche te envuelven Las alas de tul del sueño, Y tus tendidas pestañas Semejan arcos de ébano, Por escuchar los latidos De tu corazón inquieto, Y reclinar tu dormida Cabeza sobre mi pecho, Diera, alma mía, Cuanto poseo: La luz, el aire Y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos En un invisible objeto, Y tus labios ilumina De una sonrisa el reflejo; Por leer sobre tu frente El callado pensamiento Que pasa como la nube Del mar sobre el ancho espejo, Diera, alma mía, Cuanto deseo: La fama, el oro, La gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua, Y se apresura tu aliento, Y tus mejillas se encienden, Y entornas tus ojos negros; Por ver entre sus pestañas Brillar con húmedo fuego La ardiente chispa que brota Del volcán de los deseos, Diera, alma mía, Por cuanto espero, La fe, el espíritu, La tierra, el cielo!

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Tres escenas nocturnas y una misma promesa: la Rima XXV de Bécquer presenta a un yo poético dispuesto a sacrificarlo todo por acceder a la intimidad de la amada. Bécquer, poeta sevillano cuya obra poética esencial, las Rimas, se publicó póstumamente, convierte el amor en una tensión entre el deseo y la renuncia. No se pide poseer a la amada, sino escuchar los latidos de su corazón, leer su pensamiento y ver brillar la chispa de su deseo. La idea central es la entrega absoluta como única respuesta digna del amor: cada estrofa levanta una escena de proximidad creciente y remata con una ofrenda que sube de lo material a lo espiritual.

Cada estrofa repite el mismo molde. Se abre con una oración temporal encabezada por “Cuando…”, describe una actitud de la mujer y se cierra con la exclamación “Diera, alma mía…”. Esa arquitectura paralela crea un ritmo de letanía y hace que el poema avance por acumulación. Los versos largos son octosílabos con rima asonante en los pares —sueño/ébano/inquieto/pecho, objeto/reflejo/pensamiento/espejo, aliento/negros/fuego/deseos—, una asonancia en e-o que da al conjunto un tono contenido, de duermevela. El estribillo final, más breve, quebranta esa regularidad y deja caer la confesión como un suspiro.

Las imágenes intensifican la cercanía corporal. En la primera estrofa, la amada está dormida: las “alas de tul del sueño” la envuelven, sus pestañas cerradas semejan “arcos de ébano” y el yo quisiera reclinar su cabeza sobre el pecho. La escena es de quietud protectora. En la segunda, los ojos se clavan en un objeto invisible y una sonrisa ilumina los labios; el deseo no es ya posesión inmediata, sino comprender el “callado pensamiento” que pasa como una nube sobre el mar. En la tercera, el cuerpo despierta: la lengua enmudece, el aliento se apresura, las mejillas se encienden y los ojos negros se entornan. La imagen de “la ardiente chispa que brota / Del volcán de los deseos” convierte el cuerpo en paisaje eruptivo.

Las ofrendas son la clave. Primero entrega “La luz, el aire / Y el pensamiento”, los bienes mínimos de la existencia y de la conciencia. Después ofrece “La fama, el oro, / La gloria, el genio”, todo lo que un artista puede ambicionar ante el mundo. Finalmente renuncia a “La fe, el espíritu, / La tierra, el cielo”, es decir, a la salvación y a la totalidad. Cada lista amplía el círculo: el amor no se mide aquí por lo que obtiene, sino por todo lo que está dispuesto a perder. El vocativo “alma mía” refuerza esa dirección, porque la amada aparece no como un bien entre otros, sino como el centro al que se subordinan el pensamiento, el espíritu y la fe.

La significación del poema está en cómo transforma un tópico amoroso —dar todo por la amada— en una experiencia sensorial y psicológica. La repetición no es mecánica, sino creciente, y el último verso, “La tierra, el cielo”, deja la impresión de que ni el infinito bastaría. Bécquer convierte la renuncia en la forma más alta del anhelo: el yo no canta la posesión, sino la ofrenda de cuanto sería capaz de perder por un instante de auténtica cercanía.

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