La escena es una tarde compartida en un refugio íntimo: la luz va adquiriendo un matiz dorado verdoso y deja una decoración morada; surge la luna entre las ramas y una araña queda suspendida de su hilo, como hipnotizada frente al astro. El cielo se puebla de murciélagos y el ambiente se vuelve extraño, casi de biombo chinesco. La persona a la que se dirige el hablante está inmóvil, con las rodillas pálidas sobre un plinto, entregada a un goce pasivo. A los pies de ambos corre un río de jacinto, silencioso, hacia la muerte.
El hablante no narra una acción, sino que saborea cada detalle: la «delectación morosa» es un placer lento y contemplativo, teñido de languidez y de una belleza que ya presiente la disolución. La atmósfera resulta a la vez íntima e inquietante, como un sueño donde la sensualidad y la muerte conviven sin estridencia.