Lugones evoca una noche de luna llena como un espacio hermoso y fantasmal. La luz blanca transforma el mundo: el silencio parece un cuerpo tendido, las sombras cobran vida y las cosas parecen cadáveres. El hablante siente asombro ante esa quietud, pero también angustia, porque tanta blancura vuelve cercana la muerte y despierta un ansia tristísima de ser amado. Las imágenes de una ciudad casi invisible y de un reloj que perfora el infinito refuerzan la sensación de estar fuera del tiempo, suspendido en una soledad extraña. El tono es sereno, nocturno, hipnótico.
Al final, esa calma se rompe apenas con un estremecimiento de la luz: los contornos se deshacen, la inmensidad se vuelve piedra blanca y lo único que permanece es la ausencia de la persona amada. Así, la blancura lunar es más que un paisaje: es una soledad luminosa donde la belleza y el desamparo se confunden.