La blanca soledad — Resumen

Bajo la calma del sueño, calma lunar de luminosa seda, la noche como si fuera el blanco cuerpo del silencio, dulcemente en la inmensidad se acuesta. Y desata su cabellera, en prodigioso follaje de alamedas.

Nada vive sino el ojo del reloj en la torre tétrica, profundizando inútilmente el infinito como un agujero abierto en la arena. El infinito. Rodado por las ruedas de los relojes, como un carro que nunca llega.

La luna cava un blanco abismo de quietud, en cuya cuenca las cosas son cadáveres y las sombras viven como ideas. Y uno se pasma de lo próxima que está la muerte en la blancura aquella. De lo bello que es el mundo poseído por la antigüedad de la luna llena. Y el ansia tristísima de ser amado, en el corazón doloroso tiembla.

Hay una ciudad en el aire, una ciudad casi invisible suspensa, cuyos vagos perfiles sobre la clara noche transparentan, como las rayas de agua en un pliego, su cristalización poliédrica. Una ciudad tan lejana, que angustia con su absurda presencia.

¿Es una ciudad o un buque en el que fuésemos abandonando la tierra, callados y felices, y con tal pureza, que sólo nuestras almas en la blancura plenilunar vivieran?...

Y de pronto cruza un vago estremecimiento por la luz serena. Las líneas se desvanecen, la inmensidad cámbiase en blanca piedra y sólo permanece en la noche aciaga la certidumbre de tu ausencia.

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Lugones evoca una noche de luna llena como un espacio hermoso y fantasmal. La luz blanca transforma el mundo: el silencio parece un cuerpo tendido, las sombras cobran vida y las cosas parecen cadáveres. El hablante siente asombro ante esa quietud, pero también angustia, porque tanta blancura vuelve cercana la muerte y despierta un ansia tristísima de ser amado. Las imágenes de una ciudad casi invisible y de un reloj que perfora el infinito refuerzan la sensación de estar fuera del tiempo, suspendido en una soledad extraña. El tono es sereno, nocturno, hipnótico.

Al final, esa calma se rompe apenas con un estremecimiento de la luz: los contornos se deshacen, la inmensidad se vuelve piedra blanca y lo único que permanece es la ausencia de la persona amada. Así, la blancura lunar es más que un paisaje: es una soledad luminosa donde la belleza y el desamparo se confunden.

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