Lope de Vega se dirige a la noche como si fuera una persona: la llama embustera, loca, imaginativa y creadora de quimeras. En la oscuridad, quien cree conquistar un bien ve los montes llanos y los mares secos; todo se deforma. La noche habita las mentes vacías, adopta mil oficios y, a la vez, esconde lo que no quiere verse. Por eso el hablante le atribuye la sombra, el miedo y el mal, y la siente como una fuerza fría y enferma que mueve tanto al valiente como al que huye.
El cierre expresa una queja íntima: despierto o dormido, la noche se lleva media vida. Si el hablante vela, paga esa vigilia con el día; si duerme, no siente lo que vive. El tono es oscuro, agitado y un poco resentido, propio de quien ve la noche no como descanso, sino como engaño y pérdida.