El hablante se siente atrapado en un círculo angustioso: quiere escribir, pero el llanto se lo impide; intenta llorar, y tampoco encuentra descanso. Cada vez que retoma la pluma, las lágrimas regresan, de modo que ni la escritura ni el llanto le ofrecen alivio. Si llora, el alma protesta; si escribe, los ojos sufren. Esa oscilación crea una atmósfera de parálisis y desesperanza.
En los últimos versos, se dirige directamente al papel y le pide que, si llega a la persona amada —que conoce el fondo ardiente de su pecho—, convierta sus lágrimas en letra. Esa persona, aunque no siente ese dolor, entiende bien lo que significa: todo lo que escribe y llora es muerte. El amor se presenta como un sufrimiento tan hondo que confunde el acto de escribir con llorar y morir.