Castilla — Resumen

Tú me levantas, tierra de Castilla, en la rugosa palma de tu mano, al cielo que te enciende y te refresca, al cielo, tu amo.

Tierra nervuda, enjuta, despejada, madre de corazones y de brazos, toma el presente en ti viejos colores del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo lindan en torno tus desnudos campos, tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda y en ti me siento al cielo levantado, aire de cumbre es el que se respira aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana, a ese tu aire soltaré mis cantos, si te son dignos bajarán al mundo desde lo alto!

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Unamuno se dirige a Castilla como a una presencia maternal y sagrada. La tierra, seca y recia, no lo aplasta: lo levanta en la rugosa palma de su mano hacia el cielo, su dueño. El hablante siente que ese paisaje desnudo, con campos abiertos y páramos altos, une la tierra con lo celeste: el sol nace, muere y halla santuario allí. Por eso respira un aire de cumbre y percibe la extensión redonda como pura cima.

El tono es grave, contemplativo y exaltado. No hay queja, sino admiración ante una tierra que ennoblece y exige. Al final, Castilla se convierte en un ara gigante, un altar desde el cual el poeta soltará sus cantos; si son dignos, bajarán al mundo desde lo alto. Crea un clima de elevación, severidad y respeto casi religioso.

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