Unamuno se dirige a Castilla como a una presencia maternal y sagrada. La tierra, seca y recia, no lo aplasta: lo levanta en la rugosa palma de su mano hacia el cielo, su dueño. El hablante siente que ese paisaje desnudo, con campos abiertos y páramos altos, une la tierra con lo celeste: el sol nace, muere y halla santuario allí. Por eso respira un aire de cumbre y percibe la extensión redonda como pura cima.
El tono es grave, contemplativo y exaltado. No hay queja, sino admiración ante una tierra que ennoblece y exige. Al final, Castilla se convierte en un ara gigante, un altar desde el cual el poeta soltará sus cantos; si son dignos, bajarán al mundo desde lo alto. Crea un clima de elevación, severidad y respeto casi religioso.