Rafael Pombo convierte la historia de un niño rana que desobedece a su madre en una fábula sobre la fragilidad de la elegancia y la desobediencia. El protagonista no solo sale pese a la advertencia “¡Muchacho, no salgas!”, sino que lo hace “muy tieso y muy majo”, convencido de que su apariencia le abre todas las puertas. Esa seguridad se revela pronto como una trampa: la ropa nueva lo oprime, la sed lo inmoviliza en la fiesta, y su huida del ataque de los gatos termina en la boca de un pato tragón. La madre, que al comienzo gritaba su advertencia, queda al final “solita”, y esa soledad convierte la comedia de animales en una lección sobre el costo de la arrogancia.
La construcción del poema sostiene el tono de cuento popular. Los pareados rimados, con frecuencia en rima consonante y a veces en asonancia, crean un vaivén sonoro que se presta a la recitación; la métrica no es rígida, pero esa misma flexibilidad imita el habla narrativa de una fábula. El nombre “Rinrín renacuajo” suena como un cascabel y anuncia a una criatura tierna pero algo ridícula. Las palabras se agrupan a menudo en diminutivos y expresiones coloquiales: “renacuajo”, “orondo”, “francachela”, “comilona”, “tragón”. El diálogo interrumpe la narración con una teatralidad cómica: cuando el ratón anuncia “Yo doña ratona, beso a usted los pies” y la dueña responde que estaba “hilando algodón”, el lector entra en una escena doméstica animada por gestos, venias y pedidos de cerveza. Luego, el ritmo se acelera con la llegada de los gatos: las acciones se encadenan con “y” y con verbos de movimiento —“trinchó”, “tomó”, “dio”, “abriendo”, “se fue”—, como si la estrofa imitara la prisa del protagonista.
La vestimenta es el gran campo de imágenes del poema. Rinrín no lleva cualquier ropa, sino “pantalón corto, corbata a la moda / sombrero encintado y chupa de boda”: un disfraz de adulto engreído sobre un cuerpo diminuto. El contraste entre tanta compostura y su pequeño tamaño produce risa, pero también anuncia el problema: cuando la señora ratona le pide cantar, él no puede complacerla porque el gaznate está “más seco que estopa” y “me aprieta mucho esta nueva ropa”. De ese modo, lo que debería adornarlo se vuelve incomodidad, y la elegancia deja de ser un mérito para convertirse en una limitación. La fiesta en casa de doña ratona, con su guitarra y su algodón hilado, representa un mundo de cortesía y placer que en realidad está indefenso. La llegada de “la gata y sus gatos” transforma ese salón en “el juicio final”: la violencia entra sin pedir permiso, y cada animal se vuelve presa desde su propio lugar vulnerable, la oreja, la pata, la cola.
El desenlace no esconde su crudeza, pero la mantiene en clave de sátira. El salto de Rinrín es tan alto que pierde el sombrero y rasga la camisa, y aquel atuendo que tanto lo definía desaparece antes de que el pato “se lo embucha de un solo estirón”. La imagen de la boca que se cierra es el remate de una cadena de imprudencias: salir desafiando, entregarse a la fiesta y confiar en la huida sin medir el camino. Al final, la enumeración “uno, dos y tres” trata la muerte con la naturalidad de una cuenta infantil, y sin embargo el verso “¡y mamá Ranita solita quedó!” introduce una nota de duelo que impide leer el poema como simple chiste.
La significación de «El renacuajo paseador» reside en que la lección moral no se enuncia como sermón, sino que se encarna en ritmo, humor y personajes inolvidables. Pombo, poeta colombiano cuya obra para la infancia forma parte del canon escolar hispanoamericano, logra que la desobediencia y la vanidad tengan consecuencias reconocibles sin abandonar el registro festivo. Por eso el poema sigue recitándose: su música es un vehículo tan eficaz como su advertencia.