Desde la memoria infantil, el hablante evoca las visitas de su prima Águeda, invitada por la madrina. La muchacha llega con un contraste que lo atrapa: el almidón tieso y sonoro de la ropa frente al luto ceremonioso que le da miedo. Sus ojos verdes y sus mejillas rubicundas lo protegen de ese temor. Mientras Águeda teje en el corredor, el niño siente escalofríos desconocidos; incluso cree deberle la costumbre de hablar solo. En el comedor, entre la penumbra, lo embelesan el sonido quebradizo de la vajilla y la voz acariciadora de su prima. La imagen final convierte a Águeda en un cesto policromo de manzanas y uvas dentro de un armario oscuro: la vida y el color imponiéndose al luto. La nostalgia envuelve este despertar sensorial de la infancia.
Mi prima Águeda — Resumen
Mi madrina invitaba a mi prima Águeda a que pasara el día con nosotros, y mi prima llegaba con un contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso.
Águeda aparecía, resonante de almidón, y sus ojos verdes y sus mejillas rubicundas me protegían contra el pavoroso luto...
Yo era rapaz y conocía la o por lo redondo, y Águeda, que tejía mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba calosfríos ignotos... (Creo que hasta la debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo).
A la hora de comer, en la penumbra quieta del refectorio, me iba embelesando un quebradizo sonar intermitente de vajilla y el timbre caricioso de la voz de mi prima.
Águeda era (luto, pupilas verdes y mejillas rubicundas) un cesto policromo de manzanas y uvas en el ébano de un armario añoso.