De invierno — Resumen

En invernales horas, mirad a Carolina. Medio apelotonada, descansa en el sillón, envuelta con su abrigo de marta cibelina y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco, junto a ella se reclina, rozando con su hocico la falda de Alençón, no lejos de las jarras de porcelana china que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño; entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño y en tanto cae la nieve del cielo de París.

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En una escena de invierno, el hablante invita a mirar a Carolina, adormilada en un sillón frente al fuego, envuelta en un abrigo de marta y acompañada por un gato de angora. Todo el entorno es refinado y acogedor: porcelana china, un biombo japonés, encaje de Alençón. El hablante entra sin hacer ruido, deja su abrigo gris y se acerca a besar su rostro rosado. El beso apenas interrumpe el sopor y despierta una mirada risueña, sin romper la quietud. Afuera cae la nieve sobre París. La sensación dominante es de intimidad tibia y contemplación amorosa: el frío queda fuera, mientras dentro reinan la calma, el lujo y el cariño. Se crea así un ambiente casi pictórico, entre lo real y lo idealizado, donde la figura femenina se vuelve el centro luminoso de una tarde invernal.

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