Para decirte, amor, que te deseo,
Sin los rubores falsos, del instinto,
Estuve atada como Prometeo,
Pero una tarde me salí del cinto.
Son veinte siglos que movió mi mano
Para poder decirte sin rubores:
"Que la luz edifique mis amores".
Son veinte siglos los que alzó mi mano!
Pasan las flechas sobre mis cabellos,
Pasan las flechas, aguzados dardos...
Son veinte siglos de terribles fardos!
Sentí su peso al libertarme de ellos.
Y no creas que tenga el brazo fuerte,
Mi brazo tiembla debilucho y magro,
Pero he llegado entera hasta el milagro:
Estoy acompañada por la muerte.
Sábado fué y capricho el beso dado,
Capricho de varón, audaz y fino,
Mas fué dulce el capricho masculino
A este mi corazón, lobezno alado.
No es que crea, no creo, si inclinado
Sobre mis manos te sentí divino
Y me embriagué, comprendo que este vino
No es para mí, mas juego y rueda el dado...
Yo soy ya la mujer que vive alerta,
Tú el tremendo varón que se despierta
Y es un torrente que se ensancha en río
Y más se encrespa mientras corre y poda.
Ah, me resisto, mas me tienes toda,
Tú, que nunca serás del todo mío.
Levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores; bajé a los jardines
Y besé las plantas;
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
Tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
Circundan. Más tarde, mojados de agua
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
Quisquillosas, finas,
De mi falda hurtaron doradas migajas.
Luego puse traje de clarín más leve
Que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
Mi sillón de paja.
Fijos en la verja mis ojos quedaron,