Dolor — Análisis del poema

Alfonsina StorniContemplativo

Quisiera esta tarde divina de octubre Pasear por la orilla lejana del mar;

Que la arena de oro, y las aguas verdes, Y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, Como una romana, para concordar

Con las grandes olas, y las rocas muertas Y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos Y la boca muda, dejarme llevar;

Ver cómo se rompen las olas azules Contra los granitos y no parpadear;

Ver cómo las aves rapaces se comen Los peces pequeños y no despertar;

Pensar que pudieran las frágiles barcas Hundirse en las aguas y no suspirar;

Ver que se adelanta, la garganta al aire, El hombre más bello; no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente, Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;

Y, figura erguida, entre cielo y playa, Sentirme el olvido perenne del mar.

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La poeta argentina Alfonsina Storni convierte «Dolor» en un extraño ejercicio de insensibilidad: la hablante no pide consuelo ni explicación, sino transformarse en una figura impasible, alta y perfecta, capaz de mirar el mar sin reaccionar. Toda la escena está marcada por una belleza luminosa —la tarde de octubre, la arena de oro, las aguas verdes, los cielos puros—, pero esa hermosura no despierta goce. Al contrario, el deseo central es que el paisaje “me vieran pasar” como si la voz poética fuera ya una forma, no una conciencia que sufre. El título, que no vuelve a aparecer, pesa sobre cada verso: el dolor es el impulso callado que lleva a querer no sentir.

La construcción refuerza esa letanía de insensibilidad. Los versos largos, de arte mayor, avanzan con un ritmo lento y envolvente, como el oleaje que nombran. No hay una rima estricta, pero los infinitivos finales —pasar, concordar, llevar, parpadear, despertar, suspirar, amar, encontrar— se responden con la palabra “mar” y crean una asonancia abierta que unifica el poema. Sobre esa base musical se monta una serie paralela: “Ver cómo se rompen las olas azules… y no parpadear; / ver cómo las aves rapaces se comen… y no despertar; / pensar que pudieran las frágiles barcas hundirse… y no suspirar”. La anáfora del ver y del no acumula escenas de violencia o fragilidad, y a cada una le corresponde una supresión de la emoción: no parpadear, no despertar, no suspirar, no desear amar. La repetición no es mecánica; va construyendo una coraza: cuantas más imágenes dolorosas aparecen, más firme se vuelve el deseo de no participar en ellas.

Ese temple se condensa en las palabras escultóricas. La hablante quisiera ser “alta, soberbia, perfecta”, “como una romana”, es decir, semejante a una estatua clásica, con “ojos fríos” y “boca muda”. Son atributos de piedra, no de vida. Frente a las “rocas muertas” y las “anchas playas”, no desea oponerse, sino “concordar”: entrar en la misma materia durable y sin memoria. El mar, que al comienzo parece solo un paisaje amable, se revela escenario de depredación y naufragio: aves rapaces devoran peces pequeños, barcas frágiles pueden hundirse. La indiferencia deseada no es ignorancia; es una lucidez que renuncia a estremecerse. Incluso ante “el hombre más bello”, la negación es amorosa: “no desear amar...”. El verso termina en puntos suspensivos, como si ese fuera el último lazo que hay que cortar.

El cierre desplaza la mirada hacia el interior. La hablante no solo quiere ver sin alterarse, sino “perder la mirada, distraídamente, / perderla, y que nunca la vuelva a encontrar”. Perder la mirada es renunciar a la subjetividad; dejar de mirar como quien busca o recuerda. La imagen final, “figura erguida, entre cielo y playa”, es la de un monumento solitario en el horizonte. Allí el poema alcanza su fórmula más intensa: “Sentirme el olvido perenne del mar”. No dice sentirse olvidada, sino ser el olvido. El mar, que borra huellas y no conserva nombres, se convierte en modelo de permanencia sin memoria.

La fuerza del poema está en esa paradoja: habla del dolor mediante el deseo de no sentirlo. No hay lamento directo, sino un proyecto de endurecimiento que revela, por contraste, cuán honda es la herida. La voz que quiere ser estatua es, al mismo tiempo, la que enumera con precisión todo aquello que no soporta mirar. Por eso «Dolor» es significativo: convierte la vulnerabilidad en un gesto de dominio estético, en una figura que se yergue entre el cielo y la playa, bellísima y ya sin temblor.

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