La voz que habla en estos versos anhela una tarde de octubre junto al mar, pero no para disfrutarla: pide ser alta, soberbia y perfecta, «como una romana», para igualar la indiferencia de las olas, las rocas y las playas. Imagina un paseo con paso lento, ojos fríos y boca muda, viendo romperse las olas, a las aves devorar peces, a las barcas hundirse y hasta al hombre más bello acercarse sin sentir deseo ni compasión. Quiere perder la mirada y quedarse erguida entre el cielo y la playa, convertida en el olvido perpetuo del mar. El título «Dolor» confirma que esa frialdad no es natural: es un refugio imaginado contra el sufrimiento. La repetición de «no parpadear», «no despertar», «no suspirar» y «no desear amar» revela cuánto dolor hay detrás de ese deseo de no sentir.
Dolor — Resumen
Quisiera esta tarde divina de octubre Pasear por la orilla lejana del mar;
Que la arena de oro, y las aguas verdes, Y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, Como una romana, para concordar
Con las grandes olas, y las rocas muertas Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos Y la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules Contra los granitos y no parpadear;
Ver cómo las aves rapaces se comen Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas Hundirse en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire, El hombre más bello; no desear amar...
Perder la mirada, distraídamente, Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa, Sentirme el olvido perenne del mar.