En pocos versos, la hablante le habla a un ser amado y recuerda lo que entregó: su melancolía, su vida, sus dulzuras. Todo quedó en esas manos largas, y ahora se siente vacía, como un ánfora que ya no guarda perfume. La imagen del oro en polvo sugiere algo valioso pero disperso, imposible de recuperar.
El sentimiento central es la contradicción: ella sabe que hubo engaños, que esas mismas manos la marchitaban, y aun así pasaba los días besándolas. Por eso habla de una tortura dulce: el placer de la entrega convive con el daño. El tono es íntimo y melancólico, como una confesión serena de un amor que fue caricia y desgaste a la vez.