Peso ancestral — Resumen

Tú me dijiste: no lloró mi padre; Tú me dijiste: no lloró mi abuelo; No han llorado los hombres de mi raza, Eran de acero.

Así diciendo te brotó una lágrima Y me cayó en la boca... más veneno Yo no he bebido nunca en otro vaso Así pequeño.

Débil mujer, pobre mujer que entiende, Dolor de siglos conocí al beberlo: Oh, el alma mía soportar no puede Todo su peso.

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Un hombre le asegura a la hablante que ni su padre ni su abuelo lloraron, que los hombres de su raza eran de acero. Pero mientras lo dice, una lágrima le brota y cae en la boca de ella. Lejos de consolarla, esa gota le sabe a veneno: un veneno diminuto y concentrado donde viaja el dolor de siglos. El hombre proclama fortaleza, pero su propio cuerpo lo desmiente.

La mujer se llama a sí misma débil y pobre, no porque le falte entereza, sino porque comprende lo que esa lágrima revela. Detrás de esa dureza hay un sufrimiento heredado, prohibido, que nadie ha llorado a tiempo. Por eso su alma no soporta todo su peso. El tono íntimo y amargo deja una sensación de agobio y de piedad: el llanto contenido de generaciones enteras termina aplastando a quien, por fin, se atreve a sentirlo.

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