Un hombre le asegura a la hablante que ni su padre ni su abuelo lloraron, que los hombres de su raza eran de acero. Pero mientras lo dice, una lágrima le brota y cae en la boca de ella. Lejos de consolarla, esa gota le sabe a veneno: un veneno diminuto y concentrado donde viaja el dolor de siglos. El hombre proclama fortaleza, pero su propio cuerpo lo desmiente.
La mujer se llama a sí misma débil y pobre, no porque le falte entereza, sino porque comprende lo que esa lágrima revela. Detrás de esa dureza hay un sufrimiento heredado, prohibido, que nadie ha llorado a tiempo. Por eso su alma no soporta todo su peso. El tono íntimo y amargo deja una sensación de agobio y de piedad: el llanto contenido de generaciones enteras termina aplastando a quien, por fin, se atreve a sentirlo.