La hablante describe una mañana de sábado vivida con los sentidos: se levanta temprano, camina descalza, besa las plantas, se tiende en la hierba y se baña en una fuente. Todo es cercano y luminoso; hay una sensualidad tranquila en perfumarse con diamelas y en las garzas que le roban migajas de la falda. Ese tono casi idílico cambia cuando se viste con una tela muy ligera, saca su sillón de paja al vestíbulo y clava los ojos en la verja.
A partir de ahí, el tiempo se vuelve estático: el reloj marca las diez, dentro se oyen loza y cristales, afuera el sol cae sobre la escalinata, pero ella no se mueve. La repetición de “fijos en la verja” y el final “Te esperaba” concentran todo el poema en una espera amorosa: la mañana hermosa queda como antesala de ese deseo de ver llegar a alguien.