Sábado — Resumen

Levanté temprano y anduve descalza Por los corredores; bajé a los jardines Y besé las plantas; Absorbí los vahos limpios de la tierra, Tirada en la grama; Me bañé en la fuente que verdes achiras Circundan. Más tarde, mojados de agua Peiné mis cabellos. Perfumé las manos Con zumo oloroso de diamelas. Garzas Quisquillosas, finas, De mi falda hurtaron doradas migajas.

Luego puse traje de clarín más leve Que la misma gasa. De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo Mi sillón de paja. Fijos en la verja mis ojos quedaron, Fijos en la verja. El reloj me dijo: diez de la mañana. Adentro un sonido de loza y cristales; Comedor en sombras; manos que aprestaban Manteles. Afuera, sol como no he visto Sobre el mármol blanco de la escalinata. Fijos en la verja siguieron mis ojos. Fijos. Te esperaba.

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La hablante describe una mañana de sábado vivida con los sentidos: se levanta temprano, camina descalza, besa las plantas, se tiende en la hierba y se baña en una fuente. Todo es cercano y luminoso; hay una sensualidad tranquila en perfumarse con diamelas y en las garzas que le roban migajas de la falda. Ese tono casi idílico cambia cuando se viste con una tela muy ligera, saca su sillón de paja al vestíbulo y clava los ojos en la verja.

A partir de ahí, el tiempo se vuelve estático: el reloj marca las diez, dentro se oyen loza y cristales, afuera el sol cae sobre la escalinata, pero ella no se mueve. La repetición de “fijos en la verja” y el final “Te esperaba” concentran todo el poema en una espera amorosa: la mañana hermosa queda como antesala de ese deseo de ver llegar a alguien.

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