Tú que nunca serás — Resumen

Sábado fué y capricho el beso dado, Capricho de varón, audaz y fino, Mas fué dulce el capricho masculino A este mi corazón, lobezno alado.

No es que crea, no creo, si inclinado Sobre mis manos te sentí divino Y me embriagué, comprendo que este vino No es para mí, mas juego y rueda el dado...

Yo soy ya la mujer que vive alerta, Tú el tremendo varón que se despierta Y es un torrente que se ensancha en río

Y más se encrespa mientras corre y poda. Ah, me resisto, mas me tienes toda, Tú, que nunca serás del todo mío.

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Un beso dado un sábado, casi un capricho del hombre, despierta en la hablante una mezcla de deseo y lucidez. Lo describe como audaz, fino y dulce; su corazón, “lobezno alado”, guarda a la vez instinto y fragilidad. Aunque aquel gesto la embriagó y le pareció divino, ella no se engaña: comprende que ese vino no es para ella. El dado que rueda resume bien su sensación de azar, de algo que se juega sin garantías. Frente a ese hombre que crece como un torrente y se encrespa, ella se mantiene alerta, se resiste, pero al mismo tiempo se entrega: “me tienes toda”. El clima es íntimo, sensual, tenso y melancólico. Hay un sabor agridulce: un amor vivido con intensidad y, a la vez, marcado por la imposibilidad, porque él nunca será del todo suyo. La voz poética no se lamenta; reconoce, desea y se contiene.

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