Tú que nunca serás — Análisis del poema

Sábado fué y capricho el beso dado, Capricho de varón, audaz y fino, Mas fué dulce el capricho masculino A este mi corazón, lobezno alado.

No es que crea, no creo, si inclinado Sobre mis manos te sentí divino Y me embriagué, comprendo que este vino No es para mí, mas juego y rueda el dado...

Yo soy ya la mujer que vive alerta, Tú el tremendo varón que se despierta Y es un torrente que se ensancha en río

Y más se encrespa mientras corre y poda. Ah, me resisto, mas me tienes toda, Tú, que nunca serás del todo mío.

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El título «Tú que nunca serás» anticipa la herida central: un amor que se vive intensamente, pero que no podrá convertirse en posesión. La voz de Alfonsina Storni arranca con una escena casi casual —un beso de sábado, un capricho de varón— y la transforma en una meditación sobre la entrega femenina y la lucidez. No es un lamento ingenuo: la hablante sabe desde el comienzo que aquello es pasajero y aun así lo recibe con los sentidos abiertos. El sábado no es un detalle decorativo; sitúa el beso en el terreno del ocio, de la excepción, lejos de la rutina y de cualquier promesa.

El poema tiene la silueta del soneto: dos cuartetos y dos tercetos de versos endecasílabos. En los cuartetos, la rima abrazada envuelve el capricho con cierta contención: «dado» y «alado», «fino» y «masculino». Ese «dado» que abre el poema como adjetivo reaparece al final del segundo cuarteto como sustantivo: el beso dado se vuelve un dado que rueda. Así, el encuentro amoroso se convierte en juego de azar. No se trata de destino trágico, sino de riesgo asumido. El ritmo de los cuartetos, pausado y envolvente, deja paso en los tercetos a un movimiento más cortante; las rimas enlazan «alerta» y «despierta», «poda» y «toda», y dejan «río» y «mío» como un eco final.

La contradicción sostiene el texto: «No es que crea, no creo, si inclinado / sobre mis manos te sentí divino». La mujer no se miente; separa la sensación de la creencia. Se embriaga y, a la vez, comprende que «este vino / no es para mí». La imagen del vino concentra bien esa ambivalencia: hay placer, hay vértigo, pero también la certeza de que esa embriaguez no le pertenece. Pese a todo, «juego y rueda el dado». La hablante no se victimiza: elige participar en un juego que sabe inestable. El corazón, además, aparece como «lobezno alado», una criatura joven, arisca y al mismo tiempo idealizada; esa imagen contradictoria sugiere un impulso vital poco domesticable, sensible al estímulo masculino.

El contraste entre los dos amantes se vuelve explícito en los tercetos. Ella es «ya la mujer que vive alerta»; él, «el tremendo varón que se despierta». La adjetivación no idealiza al hombre; lo muestra como una fuerza natural que «es un torrente que se ensancha en río», que «más se encrespa mientras corre y poda». El verbo «poda» introduce una nota de corte, de daño: ese río no solo fluye, también arrastra y taja. La sonoridad áspera de «torrente», «corre» y «encrespa» refuerza la sensación de una energía difícil de contener. Frente a esa fuerza desbordada, la mujer se mantiene despierta, consciente, y sin embargo confiesa: «Ah, me resisto, mas me tienes toda». La resistencia no anula la entrega; la hace más lúcida.

El remate retoma el título y lo carga de matices: «Tú, que nunca serás del todo mío». No niega la entrega ni el deseo; dice que no podrá poseerlo. El «del todo» es importante: hay entrega, hay deseo, incluso ternura, pero no hay pertenencia completa. La voz femenina de Storni no acepta el papel de víctima pasiva ni el de enamorada engañada: analiza, siente y asume una contradicción que no intenta resolver. Esa honestidad emocional es quizá lo que hace significativo el poema: una mujer que se permite el deseo sin renunciar a la claridad, y que nombra sin dramatismo lo que significa amar a alguien que nunca será enteramente suyo.

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