La voz que habla se dirige a su amor y confiesa que lo desea sin los rubores falsos que suelen acompañar al instinto. Por mucho tiempo estuvo atada, como Prometeo, sin poder levantar la mano para decirlo. Esa tarde logra soltarse, pero la liberación no es leve: sobre ella pasan flechas y dardos, y siente el peso de veinte siglos de fardos al dejarlos caer. No se presenta fuerte: su brazo tiembla, delgado y débil. Aun así llega entera al milagro, acompañada por la muerte. El tono es desafiante y sombrío a la vez; hay cansancio acumulado, pero también la dignidad de quien al fin nombra su deseo sin pedir permiso. Las flechas y la muerte no cancelan ese triunfo íntimo: lo rodean de una gravedad que subraya cuánto cuesta hablar con verdad.
Veinte siglos — Resumen
Para decirte, amor, que te deseo, Sin los rubores falsos, del instinto, Estuve atada como Prometeo, Pero una tarde me salí del cinto.
Son veinte siglos que movió mi mano Para poder decirte sin rubores: "Que la luz edifique mis amores". Son veinte siglos los que alzó mi mano!
Pasan las flechas sobre mis cabellos, Pasan las flechas, aguzados dardos... Son veinte siglos de terribles fardos! Sentí su peso al libertarme de ellos.
Y no creas que tenga el brazo fuerte, Mi brazo tiembla debilucho y magro, Pero he llegado entera hasta el milagro: Estoy acompañada por la muerte.