Quien habla imagina una morada en el fondo del mar, una casa de cristal rodeada de madréporas y de un bosque verde. Allí recibe visitas amables: un pez dorado le lleva flores de coral y un pulpo le guiña un ojo a través de las paredes transparentes. Hasta las sirenas cantan y se balancean cerca. No hay amenaza en ese mundo; todo parece pensado para la calma y la ternura. La cama, «un poco más azul que el mar», refuerza la sensación de estar envuelta y protegida en una fantasía propia. El tono es íntimo y algo infantil, como un cuento contado en voz baja. Más que una huida, se trata de un refugio imaginario donde la soledad se vuelve compañía luminosa y el paisaje marino, a menudo inquietante, se transforma en un espacio doméstico y cercano.
Yo en el fondo del mar — Resumen
En el fondo del mar hay una casa de cristal.
A una avenida de madréporas, da.
Un gran pez de oro, a las cinco, me viene a saludar.
Me trae un rojo ramo de flores de coral.
Duermo en una cama un poco más azul que el mar.
Un pulpo me hace guiños a través del cristal.
En el bosque verde que me circunda —din don... din dan— se balancean y cantan las sirenas de nácar verdemar.
Y sobre mi cabeza arden, en el crepúsculo, las erizadas puntas del mar.