Amado Nervo convierte un encuentro fugaz en un drama interior de dos estrofas. Una joven pasa junto a su madre, y el yo poético queda suspendido entre la admiración y el impulso de seguirla. Sin embargo, lo que termina dominando no es el deseo, sino el temor. La idea central no es el simple rechazo: la voz confiesa que siente una profunda sed de ternura, pero el recuerdo de heridas que sangran le impide arriesgarse. La cobardía amorosa aparece así como un exceso de memoria y de cuidado de uno mismo, no como falta de intensidad.
La primera estrofa construye una aparición casi idealizada. La repetición de “Pasó con su madre” encuadra la escena y le da un tono ritual, mientras las exclamaciones enumeran la belleza: “qué rara belleza”, “qué rubios cabellos de trigo garzul”, “qué ritmo en el paso”, “qué formas bajo el fino tul”. El cabello rubio se transforma en trigo con un matiz extraño: el adjetivo “garzul” introduce una claridad azulada que impide que la imagen sea puramente decorativa. La “innata realeza / de porte” prolonga, mediante el encabalgamiento, una elegancia que no se aprende. El fino tul insinúa las formas sin mostrarlas. La mujer parece una estampa más que una persona. El contacto humano llega al final: “me clavó muy hondo su mirada azul”. El verbo clavar anticipa la herida que después se hará explícita y convierte la mirada en algo que penetra y duele.
La segunda estrofa es el combate interior. El yo queda “como en éxtasis”; la experiencia casi religiosa se traduce en un mandato unánime: “¡Síguela! gritaron cuerpo y alma al par”. Pero ese impulso se quiebra con el “miedo de amar con locura” y, sobre todo, con la imagen de “abrir mis heridas, que suelen sangrar”. No se dice quién las causó; el plural y el verbo “suelen” sugieren una historia antigua y repetida. La frase “sed de ternura” concentra toda la necesidad afectiva, pero no basta. El gesto final, “cerrando los ojos, la dejé pasar”, es una paradoja: cierra los ojos para no ver la oportunidad que se aleja. El verbo pasar reaparece: si al comienzo ella pasó, ahora es él quien la deja pasar. La acción exterior se vuelve renuncia. El título “Cobardía” no suaviza el acto; lo nombra con crudeza, sin disfrazarlo de prudencia.
La construcción refuerza ese vaivén. Son dos sextetos con esquema de rima consonante ABABAB; en ambos, las rimas de los versos pares son agudas —garzul, tul, azul; par, sangrar, pasar— y cierran con un eco seco, mientras las rimas llanas de los impares —belleza, realeza, cabeza; premura, locura, ternura— prolongan el movimiento. Los versos largos, con hemistiquios perceptibles, producen una cadencia amplia que acompaña tanto el paso sereno de la joven como la suspensión del yo. La acumulación de “qué” en la primera estrofa insiste en lo inefable; en la segunda, el tono se vuelve confesional: aparecen el “pero”, el “no obstante” y los posesivos “mis heridas”, “mi sed”. Ese contraste entre admiración y confesión da al poema su auténtico drama.
Lo significativo es que un instante mínimo se convierte en un dilema universal: cuántas veces la necesidad de amor convive con el miedo a sufrir otra vez. En la estética modernista, la emoción se filtra por imágenes sensoriales y musicales; aquí la música no oculta el conflicto, lo intensifica. Nervo no moraliza: muestra la división entre cuerpo, alma y memoria, y deja que el lector sienta el peso de una posibilidad que se cierra.