Amado Nervo, poeta mexicano vinculado al modernismo, convierte la espera amorosa en una profecía de plenitud. En «El día que me quieras» no se describe un amor ya vivido, sino un futuro imaginado: el momento en que la correspondencia de la amada transformará por completo la realidad. La idea central es esa: el amor correspondido posee un poder de transfiguración cósmica; naturaleza, música y espíritu se alían para que lo íntimo alcance una dimensión sagrada.
Formalmente, predominan los versos largos de catorce sílabas, los alejandrinos, que dan al poema un movimiento grave y amplio; la rima, a menudo pareada, y las repeticiones crean una cadencia casi litúrgica. La primera estrofa ya marca el tono de exceso luminoso. El día amado «tendrá más luz que junio», la noche será «de plenilunio» y resonarán «notas de Beethoven vibrando en cada rayo». La sinestesia une luz y sonido: los rayos no solo iluminan, también vibran como una orquesta. Las rosas, convocadas en plural y en racimo, superan a todo el mes de mayo. Ese uso del comparativo absoluto («más luz que... más rosas que...») no busca realismo, sino intensidad emotiva. Los versos breves «sus inefables cosas / y habrá juntas más rosas» forman un susurro dentro del poema, una letanía que remata en «mayo».
Después, el agua se personifica: los manantiales saltan laderas abajo, «cantarinas», como si el movimiento fuera música. La anáfora «El día que me quieras» reaparece como estribillo y como condición: todo lo descrito depende de ese amor futuro. La construcción se vuelve, más que una descripción, una gramática de la esperanza, no de la posesión.
En la siguiente estrofa aparece lo escondido y lo nunca oído: «los sotos escondidos» resonarán con «arpegios nunca antes oídos». La música no es nueva solo para los amantes; es nueva para el mundo. El «éxtasis de tus ojos» condensa todas las primaveras que hubo y habrá. Aquí el tiempo se dilata: el instante del amor contiene a la vez pasado y futuro, y la mirada de la amada se vuelve totalidad.
La imagen de las margaritas es particularmente visual: «cual rubias hermanitas / luciendo golas cándidas», van delante de los pasos de la amada. Lo vegetal se humaniza y se vuelve procesión infantil y nupcial. Deshojar una flor desemboca en una confesión: «postrer pétalo blanco ¡Apasionadamente!». El blanco, símbolo de pureza, se asocia a la pasión declarada; inocencia y deseo no se excluyen, se intensifican.
En la segunda mitad, los símbolos se multiplican: todos los tréboles tendrán «cuatro hojas agoreras» y florecerán «las místicas corolas de los lotos» en un estanque «nido de gérmenes ignotos». La suerte y la revelación espiritual brotan de lo hondo. Luego, cada celaje será «ala maravillosa»; cada arrebol, «miraje de las Mil y Una noches»; cada brisa, «un cantar»; cada árbol, «una lira»; cada monte, «un altar». La enumeración transforma el paisaje en un templo y en un concierto simultáneos. Esa es la culminación del modernismo de Nervo: lo sensorial se espiritualiza sin dejar de ser sensorial.
El cierre condensa el poema entero en dos versos: «El día que me quieras, para nosotros dos / cabrá en un solo beso la beatitud de Dios». «Beatitud» es palabra teológica, pero aquí cabe en la escala mínima de un beso. Lo infinito y lo íntimo coinciden; no se necesita el mundo entero, basta un gesto. El poema resulta significativo porque muestra que el amor no es solamente un tema, sino un principio de visión. La hipérbole constante no es ingenua, es una fe poética en que amar y ser amado puede renovar la creación. Su musicalidad hace que esa fe no se argumente, se escuche.