El hablante se detiene ante un olmo centenario, partido por un rayo y carcomido, pero con algunas hojas verdes brotadas gracias a la lluvia de abril y al sol de mayo. Describe su tronco podrido, el musgo amarillento, las hormigas y las arañas: es un árbol al borde de la muerte, no un álamo lleno de ruiseñores. Sin embargo, esa rama verde le parece una gracia que quiere anotar y guardar antes de que el árbol sea cortado, quemado o arrastrado por el río.
El tono es sobrio y melancólico, pero también esperanzado. La atención no se queda solo en la decadencia: el hablante reconoce en el olmo un signo de vida inesperada y lo conserva como una promesa. Al final, su propio corazón espera “otro milagro de la primavera”, de modo que el árbol se convierte en espejo de una esperanza íntima, frágil y luminosa.