La escena es íntima y nocturna: un hombre medita absorto mientras devana «los hilos del hastío y la tristeza». Por la ventana, abierta a una caliente noche de verano, llega el plañir de una copla soñolienta. No es una canción alegre, sino un lamento quebrado por «los trémolos sombríos / de las músicas magas de mi tierra». Ese cante hondo andaluz interrumpe la meditación y la transforma en visión.
En el centro del poema comparecen dos figuras: el Amor y la Muerte. El primero se presenta «como una roja llama»; la segunda, «al hombro la cuchilla, / el paso largo, torva y esquelética». No son ideas abstractas: el yo lírico no explica que la copla hable de amor y de muerte, sino que las va viendo nacer del sonido. La fórmula repetida con puntos suspensivos, «...Y era el Amor...» y «...Y era la Muerte...», crea un ritmo de revelación, como si cada rasgueo hiciera aparecer una imagen distinta.
La guitarra es el cuerpo sonoro del poema. Una «nerviosa mano» sobre la «vibrante cuerda» arranca «un largo suspirar de oro», que se trueca en «surtidor de estrellas»: el sonido se vuelve luz y materia visual. Después, la «brusca mano» golpea la guitarra y finge «el reposar de un ataúd en tierra». La mano que acaricia es también la que golpea; el mismo gesto musical enlaza el deseo amoroso y la conciencia funeraria.
Esa fusión culmina en la imagen final: «Y era un plañido solitario el soplo / que el polvo barre y la ceniza avienta». El viento que dispersa polvo y ceniza es, a la vez, el aliento del canto. La copla no consuela, pero convierte la desaparición en una música seca y bella: el plañido es lo único que queda después de la muerte, o quizá la forma sonora que adopta la muerte al pasar.
En la construcción, Machado emplea una silva: combina versos endecasílabos y heptasílabos, con rima asonante que se insinúa en palabras como «tristeza», «abierta», «tierra», «estrellas». El ritmo irregular acompaña el vaivén de la meditación y de la copla; los encabalgamientos alargan la espera del sonido: «llegó a mi oído, / por la ventana de mi estancia, abierta / a una caliente noche de verano / el plañir...». La sintaxis no se cierra hasta que comparece el lamento, como si la frase misma se dejara invadir por la música.
El léxico insiste en lo sombrío y en lo vibrante: «plañir», «trémolos sombríos», «brusca mano», «resonante y trémula». Al mismo tiempo, el amor introduce color y calor: «roja llama», «suspirar de oro», «surtidor de estrellas». Ese contraste entre la llama y la osamenta, entre el oro y la ceniza, sostiene la tensión del poema. El «absorto» inicial no describe simple distracción: anuncia que la razón se suspende y que todo lo que sigue pertenece a la ensoñación y a la memoria.
Antonio Machado, figura central de la poesía española del comienzo del siglo XX, pertenece aquí a su primera etapa, en la que el paisaje, la música y la emoción se convierten en símbolos. La significación de «Cante hondo» está en que no reduce el flamenco a una estampa costumbrista: lo escucha como una experiencia interior en la que se cruzan el deseo y la desaparición. El poema convierte un instante sonoro en una escena visionaria y hace del cante un espacio donde el amor y la muerte son, literalmente, la misma cuerda.