El hablante está solo, absorto en su hastío y su tristeza, cuando por la ventana abierta a una noche calurosa de verano le llega el quejido de una copla. Ese cante hondo, con sus trémolos sombríos, transforma la habitación en un espacio visionario: primero aparece el Amor como una llama roja, encendido por la mano sobre la cuerda, que arranca un suspiro dorado convertido en estrellas. Después surge la Muerte, con la cuchilla al hombro, igual que la imaginaba de niño. El golpe de la guitarra imita el ruido de un ataúd al posarse en la tierra.
La música no consuela: intensifica la melancolía y une el deseo ardiente con la conciencia de lo efímero. Predomina un ambiente nocturno, íntimo y funeral, donde la belleza del cante nace precisamente de esa cercanía entre el amor y la muerte.